Una de las cosas que más me sorprende desde que vivo en Washington y puedo caminar por sus calles -cosa que en Miami no pasaba- es el respeto con el que muchos mendigos piden plata. Están, por supuesto, los que están tan locos que ni siquiera piden dinero: están en su mundo, divagando solos en lenguas incomprensibles. Pero los otros, los "normales", casi siempre me piden su limosna tras saludarme amablemente y preguntar cómo estoy.
Hace algunas semanas, cuando caminaba desde el trabajo a mi casa, se me acercó un señor a quien ni siquiera reconocí como mendigo: estaba comparativamente tan bien vestido que cuando comenzó a hablarme pensé que buscaba alguna dirección. Se disculpó por interrumpir mi camino y quitarme tiempo y luego sí dijo que estaba corto de dinero.
No es el único caso: el que más me intriga es el de Warren, un hombre que siempre está justo en frente del edificio donde trabajo. Tiene ropas harapientas y no huele muy bien, pero nunca deja de ser amable y siempre pregunta cómo va mi día y por qué ando tan afanado. Alguna vez escuchó que me llamaban por mi nombre y desde entonces me dice "Big T", me saluda mostrándome su puño y me cuenta sobre su vida y sobre su hijo que está en la escuela. Hoy, cuando llegué a la oficina, me dijo que ayer se había tomado el día libre (es mendigo en esta esquina entre 11 y 3 de la tarde) porque se había emborrachado el día anterior en su cumpleaños.
Alguna vez, incluso, Warren y yo terminamos almorzando juntos. No porque yo quisiera, sino porque él aprovechó que alguien le había regalado un plato de comida y decidió seguirme hasta el restaurante y sentarse al lado mío. Yo no supe muy bien qué hacer, aparte de tener una conversación rutinaria y sencilla.
Me intriga cómo en esta ciudad tan formal, hasta los mendigos tienen una rutina. Y también me pone a pensar cómo muchas veces, al ver a estas personas pidiéndome dinero -quizás algo que ellas nunca pensaron hacer- las deshumanizo automáticamente y ni siquiera se me ocurre que, como todos, también tienen una vida más allá de lo que hacen para ganarse su sustento.
La lección de hoy: no dejarme llevar por los prejuicios ni las primeras impresiones.
Hace algunas semanas, cuando caminaba desde el trabajo a mi casa, se me acercó un señor a quien ni siquiera reconocí como mendigo: estaba comparativamente tan bien vestido que cuando comenzó a hablarme pensé que buscaba alguna dirección. Se disculpó por interrumpir mi camino y quitarme tiempo y luego sí dijo que estaba corto de dinero.
No es el único caso: el que más me intriga es el de Warren, un hombre que siempre está justo en frente del edificio donde trabajo. Tiene ropas harapientas y no huele muy bien, pero nunca deja de ser amable y siempre pregunta cómo va mi día y por qué ando tan afanado. Alguna vez escuchó que me llamaban por mi nombre y desde entonces me dice "Big T", me saluda mostrándome su puño y me cuenta sobre su vida y sobre su hijo que está en la escuela. Hoy, cuando llegué a la oficina, me dijo que ayer se había tomado el día libre (es mendigo en esta esquina entre 11 y 3 de la tarde) porque se había emborrachado el día anterior en su cumpleaños.
Alguna vez, incluso, Warren y yo terminamos almorzando juntos. No porque yo quisiera, sino porque él aprovechó que alguien le había regalado un plato de comida y decidió seguirme hasta el restaurante y sentarse al lado mío. Yo no supe muy bien qué hacer, aparte de tener una conversación rutinaria y sencilla.
Me intriga cómo en esta ciudad tan formal, hasta los mendigos tienen una rutina. Y también me pone a pensar cómo muchas veces, al ver a estas personas pidiéndome dinero -quizás algo que ellas nunca pensaron hacer- las deshumanizo automáticamente y ni siquiera se me ocurre que, como todos, también tienen una vida más allá de lo que hacen para ganarse su sustento.
La lección de hoy: no dejarme llevar por los prejuicios ni las primeras impresiones.
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