Reflexiones y andanzas de un periodista

La paradoja del periodismo –dice Ryszard Kapuściński– consiste en que la escritura nace del viaje y el viaje imposibilita la escritura, pues es demasiado precioso como para restarle siquiera un ápice de tiempo.

29 de mayo de 2014

Mendigos educados

Una de las cosas que más me sorprende desde que vivo en Washington y puedo caminar por sus calles -cosa que en Miami no pasaba- es el respeto con el que muchos mendigos piden plata. Están, por supuesto, los que están tan locos que ni siquiera piden dinero: están en su mundo, divagando solos en lenguas incomprensibles. Pero los otros, los "normales", casi siempre me piden su limosna tras saludarme amablemente y preguntar cómo estoy.

Hace algunas semanas, cuando caminaba desde el trabajo a mi casa, se me acercó un señor a quien ni siquiera reconocí como mendigo: estaba comparativamente tan bien vestido que cuando comenzó a hablarme pensé que buscaba alguna dirección. Se disculpó por interrumpir mi camino y quitarme tiempo y luego sí dijo que estaba corto de dinero.

No es el único caso: el que más me intriga es el de Warren, un hombre que siempre está justo en frente del edificio donde trabajo. Tiene ropas harapientas y no huele muy bien, pero nunca deja de ser amable y siempre pregunta cómo va mi día y por qué ando tan afanado. Alguna vez escuchó que me llamaban por mi nombre y desde entonces me dice "Big T", me saluda mostrándome su puño y me cuenta sobre su vida y sobre su hijo que está en la escuela. Hoy, cuando llegué a la oficina, me dijo que ayer se había tomado el día libre (es mendigo en esta esquina entre 11 y 3 de la tarde) porque se había emborrachado el día anterior en su cumpleaños.

Alguna vez, incluso, Warren y yo terminamos almorzando juntos. No porque yo quisiera, sino porque él aprovechó que alguien le había regalado un plato de comida y decidió seguirme hasta el restaurante y sentarse al lado mío. Yo no supe muy bien qué hacer, aparte de tener una conversación rutinaria y sencilla.

Me intriga cómo en esta ciudad tan formal, hasta los mendigos tienen una rutina. Y también me pone a pensar cómo muchas veces, al ver a estas personas pidiéndome dinero -quizás algo que ellas nunca pensaron hacer- las deshumanizo automáticamente y ni siquiera se me ocurre que, como todos, también tienen una vida más allá de lo que hacen para ganarse su sustento.

La lección de hoy: no dejarme llevar por los prejuicios ni las primeras impresiones.

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