No había pasado mucho tiempo desde mi regreso de Alemania, donde además de ser feliz logré olvidarme de las pesadillas automotrices, cuando una situación inesperada (y costosa y dolorosa) me trajo de vuelta a la realidad.
Eran las 8 de la mañana del lunes 5 de diciembre y estaba en Brickell, una inmaculada zona de Miami llena de rascacielos, y la idea era encontrarme con unos periodistas amigos que venían desde España.
Pero nunca llegué al encuentro. Cuando faltaban pocos metros para la meta sonó un ruido extraño en el monstruo (así llamo de cariño a mi carro) y en cuestión de segundos perdí el control: golpeé el andén, caí de nuevo a la calle, evité un árbol y finalmente logré que el monstruo me hiciera caso y se detuviera entre una rampa y la calle.
Entonces la pesadilla se volvió realidad.
Mis conocidos
Les presento a Adán y a Osmel. Ellos no son sólo dos de las muy pocas personas con las que he conversado en esta ciudad de solitarios, sino además dos mecánicos cubanos que trabajan en la calle ocho de Miami, el bastión cubano por excelencia. Adán y Osmel recibieron al monstruo cuando una grúa conducida por otro cubano (sí, yo vivo casi en Cuba) lo dejó ahí para que intentaran revivirlo.
Adán y Osmel son amigos de Dallán (sí, con doble L), el conductor de la grúa que me confesó que el fin de semana había sobrevivido a una pelea con un borracho que le dejó un corte desde la muñeca hasta el codo. Orgulloso, Dallán me mostró las heridas de guerra y explicó que, para compensar, le había robado a su víctima unos 600 dólares y una pulsera. Vaya conocidos que tengo en Miami.
El caso es que a cambio de una pequeña fortuna (USD 750) y una charla de motivación que incluyó todo desde el lechón que ellos van a cocinar para navidad hasta consejos prácticos para superar mi crisis, recibí al monstruo con la promesa de que estaba listo para las calles de esta ciudad impersonal.
Eso creía.
Un teléfono
Es sábado y mi monstruo está (¡adivinen!) en el taller. Osmel y Adán lo "arreglaron", pero no supieron callar un rugido que me dijeron era simplemente una cuestión de alineación. Decidí entonces, desconsolado, buscar otro taller un poco más profesional.
Lo que no sabía es que la alineación del monstruo terminó siendo un daño en el eje y para que me lo devuelvan tiene que pasar un par de noches en ese taller y yo debo desembolsar otros 500 dólares.
Bienvenido a Miami. Bienvenido a otro episodio de la semana más difícil de los últimos años.
Pero en medio de la nube negra, no todo ha sido para sentarse a llorar. El jueves estaba oficializando los papeles de compra del monstruo cuando una de las cajeras de la oficina de registro -una mujer algo atractiva- empezó a conversar conmigo de cualquier cosa en inglés (lo que de por sí es extraño: extraño que alguien me hable y extraño que lo haga en inglés).
Al final, cuando me entregó mis recibos, me dio también un papelito: el número de teléfono de su hija veinteañera. "Llevo mucho tiempo buscándole un novio", me dijo. "Llámala, que trabaja en Miami Beach".
Habrá que llamarla, aunque yo de entrada pondré una condición: si no tiene carro, no me interesa.


Hey Thomy! Yo nunca tuve carro en Miami y sobreviví. Me da lástima pensar que esa condición me hubiese restado puntos para tener el gusto de salir contigo.
ResponderEliminarBesos.
:-)
ResponderEliminarEh, llegué tarde a esta publicación... Bien ahí, qué latin lover!! Jajaja
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