De Miami había muchas cosas que no me gustaban -y si han leído el blog las sabrán de memoria- pero había algo que siempre me hacía sentir muy afortunado: la posibilidad de vivir a un paso del mar.
Yo siempre quise vivir en un lugar con playa, en gran medida porque el mar siempre ha generado en mí toda una serie de sensaciones. No hay nada que me parezca más poético que las olas que van y vienen, y alguna vez en mi adolescencia, de hecho, intenté transformarlas en poema: "el mar es un idioma sin palabras, eterno, bello e impaciente..."
Hoy, en Santa Mónica, California, recordé ese verso mientras volvía a pisar la arena, mientras me empapaba de ese olor marino y disfrutaba del viento y las palmeras. Y pensé, no sin algo de nostalgia, cuánto extraño todo eso.

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