Desde cuando volví a ver a mi abuela, hace un par de días, no puedo dejar de pensar en su risa. Una y otra vez –mientras estoy en el baño, mientras leo, mientras voy en un bus- me atropellan las imágenes de sus dientes y su boca exageradamente abierta; del sonido tierno, de sus arrugas profundas que se tornan más pronunciadas cuando sonríe, de sus ojos brotados y su mirada fija. Es una risa que, lejos de agradarme, me atormenta: ella no ríe porque esté feliz, ella no ríe por hábito o por compromiso. Desde cuando la enfermedad, ladrona hábil, dejó su memoria en blanco, ella ríe para combatir el silencio largo y doloroso que se ha instalado en su cabeza.
Hace un año, cuando la vi por última vez, mi abuela era diferente. Casi nunca reía, y tampoco tenía motivos para hacerlo. Su esposo por más de cincuenta años –mi abuelo, mi guía- acababa de morir de una enfermedad que se fue robando poco a poco su cuerpo robusto y sano, pero que nunca pudo con su mente. Incluso moribundo y con su voz quebrantada, él siguió recitando lo que había leído toda su vida. Era su forma de no rendirse. Mi abuela, su fiel compañera, le oía sin escuchar mientras tejía y destejía, mientras leía el periódico sin leerlo. Pero cuando él fue sacado en una bolsa negra de la casa, mi abuela entró en una depresión profunda y eso, a su vez, degeneró en rabia. La vieja regañaba por todo: el almuerzo estaba mal hecho, sus hijas no llegaban a tiempo, Bogotá estaba demasiado fría, las arepas habían quedado muy tostadas. A mí incluso me recriminó por irme a Polonia. “¿Acaso qué va a hacer en ese lugar tan desabrido, m’hijo?”. Era, estoy seguro, su forma de reaccionar ahora que, por primera vez en su vida, ella era el centro de atención.
Hasta la muerte de mi abuelo, ella estuvo en el segundo plano. Mi abuelo administraba el dinero; mi abuelo tomaba las decisiones; mi abuelo era el sabelotodo. A veces, él mismo la regañaba cuando osaba intervenir en algún tema. Mi abuela, siempre con sus agujas de tejer, se sumía entonces en un silencio profundo, y el dolor de estar relegada creció proporcionalmente con su joroba: a medida que pasaban los años, se volvió más y más pequeña, más y más encorvada. Su único reino, al que nadie osaba entrar, era la cocina. Allí ejercía su mando, allí su trabajo era valorado. Cuando algún nieto se colaba sigilosamente para probar la sopa o darle el visto bueno al almuerzo, ella reaccionaba con rabia: era su imperio y sólo suyo.
Hoy, sin su marido y desde cuando la enfermedad le robó –también– la posibilidad de ejercer su única autoridad, ella pasa sus días sentada en un balcón, mirando cómo los carros zigzaguean en la calle. Habla poco y está en su mundo. Sólo cuando llega alguien a visitarla, intenta hablar. Pero entonces le fallan las palabras, se le esconden en la mente y ella, para evitar el silencio incómodo, ríe. Ríe con su mirada fija y su sonido tierno.
A couple things, Thomas: I can understand the absolute minimum without the need to translate--so, I do, and I learn some words from you, so thanks. Another, this piece made me quite melancholic; it's raw and real. Strong writing. I hope that one day I can read what you write without the need of translation.
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Thomas, la risa es siempre una forma de expresión positiva... estoy segura que hay algo dentro de esa gran mujer que le recuerda lo feliz que ha sido a lo largo de su vida... Un inmenso saludo a la distancia.
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