| Así vi la Plaza de la Independencia, en Kiev. |
Hace dos o tres meses recibí una invitación desde Europa para escribir el capítulo de un libro en inglés sobre Ucrania. La misma editorial que publicó mi libro sobre los Balcanes a comienzos del año pasado me preguntó si tendría la disponibilidad de analizar cómo ha sido la reacción de Estados Unidos a todo lo que ha pasado recientemente en Ucrania y Rusia. Yo, sin pensarlo mucho, acepté encantado: entendí que sería una oportunidad fabulosa de combinar los dos mundos que he estudiado y en los que he vivido en los últimos años, Europa -y en especial el este- y Estados Unidos.
Lo que no sabía era el esfuerzo que supondría escribir el texto exclusivamente en horas no laborales. Así, terminé trabajando en las noches tras el trabajo, en los fines de semana y los festivos desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, acompañado siempre de una jarra de café y una pila de libros y documentos. Dejé de ver a muchos de mis amigos y rechacé todo tipo de invitaciones, pero ellos me entendieron y apoyaron en el proceso (aunque se reían cada vez que les decía que no, que debía quedarme en casa por Ucrania).
Esta semana, después de un largo proceso de escritura y otro de revisión y corrección, por fin pude abrir mi cuenta de correo y adjuntar el documento que, si todo sale bien, saldrá publicado al final del verano. Por supuesto, no se imaginan la satisfacción que sentí tras haberlo entregado y a la vez el peso que me quité de encima. Ayer, tras el trabajo, lo único que quería era simplemente tomarme unas cervezas y celebrar que ahora, justo para el verano, puedo volver a la normalidad.
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