Esta mañana me despertó
un puñetazo certero en la barriga que me dejó sin aire. Recién empezaba otro 20 de noviembre y ese
golpe, el primer pensamiento del día, era la realización contundente de la
muerte, la confirmación de que la vida sigue y la ausencia de mi madre permanece.
El 20 de noviembre
de hace ya nueve años, apenas pasado el mediodía, la palabra huérfano cayó de
repente sobre mi vida para redefinirla. En una muestra del poder irremplazable
y cruel de las palabras cuando se llenan de sentido, el único hijo se acababa
de quedar huérfano.
Hoy, cuando trato de
pensar en ese jueves y establecer un orden de ideas y de eventos, apenas llega
a mi mente un puñado de recuerdos cuyas fronteras han empezado a difuminarse
con el paso de los años.
Pero si los
recuerdos son confusos, mi sentido del tacto ha permanecido estoico ante los
embates del tiempo y la memoria. Todavía puedo recordar, con el tacto pero no
con la mente, la suavidad de su pelo en la agonía y sus manos tersas, ya
preparadas para la muerte, tras el contacto con mis labios en ese último beso.
Ese día, tras una
mirada final sobre mi hombro mientras yo me alejaba del hospital y ella de la
vida, entendí que la muerte me estaba cambiando para siempre. Hoy noto la
madurez forzada por las nuevas circunstancias, el vínculo renovado y estrecho
con el padre sobreviviente, un cuidado atípico por lo que pasa en cada
instante, y, ante todo, el deseo irrefrenable por la escritura.
El blog que ustedes
leen, las historias que escribo y los libros que están en la mente o en el
papel son el resultado de esa novedad no deseada y de ese puñetazo que, como el
de esta mañana, me dejó confundido y sin aliento.
En mi casa, en algún
anaquel, está todavía el cuaderno amarillo que contiene los poemas escritos a mano
que compuse cuando apenas entraba a la adolescencia. Fue mi primer acercamiento
a la palabra.
Sólo unos años
después, con la enfermedad de mi mamá, sentí realmente la necesidad compulsiva
de plasmar en un papel mi dolor, como si al hacerlo pudiera darle vida propia y
controlarlo. Como si ese hermoso ejercicio de unir palabras me diera el valor
para combatir el peso que la orfandad estaba instalando en mi cabeza con el único
objetivo de no dejarla pensar con claridad.
Pero no sólo escribo
para entenderme, sino para no olvidar. No estoy dispuesto a perder la batalla
ante la ladrona astuta de mi memoria, que borronea a su antojo los eventos del
pasado, redefine sus contornos y decide qué debo guardar y descartar.
No puedo permitir
que ella, saqueadora perspicaz, tenga la última palabra y se lleve lo más
preciado que tengo: mis recuerdos. Por eso lucho.
Por eso, para ella, para
mi madre, no tengo mayor homenaje que las palabras que ahora escribo.
"me duele este frío noviembre cuando las hojas caen a morir por siempre"

Thomas, this hit me right in the heart. You translate your pain into something beautiful, into something that we, your readers, can feel the best we can.
ResponderEliminarI adore the picture of you with your mother. And I hope that you will always write and keep those memories alive.
Thanks, Magda, for your comments. I particularly like the quote you mentioned: "Life is tragic, and therefore, unutterably beautiful." I will have to look for Baldwin's books. Any suggestion?
EliminarUffffff los recuerdos duros duelen, pero hace que se permanezca vivo.
ResponderEliminar¡Así es!
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