Si hay algo de Washington que me guste particularmente son sus embajadas. Son la representación máxima de ese mundo internacional que tanto me atrae y, a la vez, un desafío: cuando camino por las calles y veo una bandera colgando de un edificio, inmediatamente siento la necesidad imperiosa de descubrir de qué país se trata. Se ha convertido para mí en una especie de trivia.
La presencia de tantas embajadas es algo que me interesó desde el principio. Todavía recuerdo cómo, recién llegado y mientras me quedaba en un apartamento temporal, me ubicaba no tanto por los nombres y números de las calles sino por las banderas: sabía que iba por el buen camino si llegaba a la embajada de Jamaica y si también veía la de Argentina.
También, por supuesto, me ha gustado tener contacto con los embajadores. No llevaba muchos días en Washington cuando abrí mi bandeja de correo en la oficina y tenía una invitación del embajador de Uruguay, que quería conocerme. ¡Yo no sabía ni ponerme una corbata! Pero allá fui y terminé discutiendo con él de política latinoamericana, de historia española y de por qué Uruguay está exportando naranjas a Estados Unidos. Yo recuerdo haber sentido que el embajador estaba sorprendido de que yo fuera tan joven.
Algo similar me pasó hoy, cuando fui a entrevistar al embajador de Chile (¡Por suerte, ya sé ponerme una corbata!). Estábamos hablando de historia, del régimen de Pinochet y en una pausa le comenté algo sobre una visita que hice a La Haya y me respondió incrédulo: "Yo todavía no puedo creer todo lo que has hecho para la edad que aparentas". Yo le dije que no era tan joven y estaba por cumplir 30.
Más allá de estas anécdotas, lo cierto es que disfruto estar en el ambiente de las embajadas. Además de mi contacto con las de Uruguay y Chile, con frecuencia voy a eventos en la de Colombia, donde preparan unos fríjoles con arepa que me hacen sentir en casa.
Me gusta el ambiente internacional, me intriga saber cómo funcionan las embajadas, exactamente qué hacen. Y, sobre todo, me hacen sentir afortunado de estar en una ciudad que es pequeña y fácil de manejar, pero donde todo el mundo está presente de un modo o de otro.
La presencia de tantas embajadas es algo que me interesó desde el principio. Todavía recuerdo cómo, recién llegado y mientras me quedaba en un apartamento temporal, me ubicaba no tanto por los nombres y números de las calles sino por las banderas: sabía que iba por el buen camino si llegaba a la embajada de Jamaica y si también veía la de Argentina.
También, por supuesto, me ha gustado tener contacto con los embajadores. No llevaba muchos días en Washington cuando abrí mi bandeja de correo en la oficina y tenía una invitación del embajador de Uruguay, que quería conocerme. ¡Yo no sabía ni ponerme una corbata! Pero allá fui y terminé discutiendo con él de política latinoamericana, de historia española y de por qué Uruguay está exportando naranjas a Estados Unidos. Yo recuerdo haber sentido que el embajador estaba sorprendido de que yo fuera tan joven.
Algo similar me pasó hoy, cuando fui a entrevistar al embajador de Chile (¡Por suerte, ya sé ponerme una corbata!). Estábamos hablando de historia, del régimen de Pinochet y en una pausa le comenté algo sobre una visita que hice a La Haya y me respondió incrédulo: "Yo todavía no puedo creer todo lo que has hecho para la edad que aparentas". Yo le dije que no era tan joven y estaba por cumplir 30.
Más allá de estas anécdotas, lo cierto es que disfruto estar en el ambiente de las embajadas. Además de mi contacto con las de Uruguay y Chile, con frecuencia voy a eventos en la de Colombia, donde preparan unos fríjoles con arepa que me hacen sentir en casa.
Me gusta el ambiente internacional, me intriga saber cómo funcionan las embajadas, exactamente qué hacen. Y, sobre todo, me hacen sentir afortunado de estar en una ciudad que es pequeña y fácil de manejar, pero donde todo el mundo está presente de un modo o de otro.
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