Reflexiones y andanzas de un periodista

La paradoja del periodismo –dice Ryszard Kapuściński– consiste en que la escritura nace del viaje y el viaje imposibilita la escritura, pues es demasiado precioso como para restarle siquiera un ápice de tiempo.

19 de junio de 2014

El alemán

He tenido un susto muy particular desde que decidí volver a Flensburg, la ciudad en la que viví hace 13 años y donde tengo a mi familia adoptiva que cada vez me recibe con más generosidad. Ese miedo es darme cuenta de que mi alemán se ha oxidado por la falta de uso, de que los 15 años de aprendizaje formal y todos los esfuerzos personales para mantenerlo en forma se están yendo al traste porque simplemente no tengo con quien practicarlo en Estados Unidos.

Sin embargo, me sorprendí positivamente cuando llegue finalmente a Flensburg y las palabras comenzaron a salir de los rincones de mi cabeza donde permanecían ocultas. Salieron muchas, a borbotones, algunas esperadas y otras que no sabía que todavía guardaba. Salieron, además, casi todas en orden, y casi todas lograron su objetivo final:  que mis interlocutores -que sólo hablan alemán- me entendieran. O así por lo menos me lo reconocieron.

Por supuesto, falta mucho para que mi alemán esté en sus mejores niveles, que alcancé en mi último año de colegio, cuando tuve casi todas mis clases en ese idioma, y luego durante la maestría en Leipzig. En esos años me sentía pleno con el uso del idioma, sentía que la década y media de clases en el colegio había rendido sus frutos. Y sentía que ese conocimiento me estaba ayudando a entender más a los alemanes.

Ahora el nivel no es tan alto, pero me doy por bien servido cuando pienso que en Washington no puedo practicar el idioma casi nunca. Además, estoy volviendo a experimentar una de las sensaciones idiomáticas que más me gustan: esa mezcla de idiomas en la cabeza, esa confusión cuando cada lengua toma vida propia y pelea por su espacio en el cerebro, tratando de empujar a la otra hacía el abismo del olvido. Me encanta sentir que empiezo a pensar o a soñar en alemán y que por ello dudo de lo que digo en inglés o en español. Me fascina darme cuenta de que a veces quiero decir algo y mi cerebro me envía la palabra justa cuando cinco minutos antes no la habría recordado.

Lástima, eso sí, que solo estaré cuatro días en Alemania hasta cuando se vuelva a instalar el olvido. Tendré que volver. Estoy seguro de que así será. 

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