Debo confesar que,
hasta ahora, siempre había pensado en mis viajes como un destino. Todas mis
andanzas habían sido puntos en el horizonte, un sueño. Con tal de llegar, con
tal de viajar, el inicio no representaba para mí más que una coincidencia
irrelevante.
Para que me
entiendan: a Egipto llegué de Viena aunque yo vivía en Polonia. A Rumania
llegué de Hungría aunque vivía en Alemania. A Azerbaiyán llegué de Rusia. A
Montenegro llegué de Albania, aunque bien habría podido llegar de Serbia o de Kosovo.
Lo que me importaba
de ese trabalenguas era el destino, más allá de si el viaje se originaba en
Austria, en Alemania o en Hungría. O en otro lugar.
Pero ya no.
Desde hace unos días
y por una circunstancia que ya les contaré, también estoy tratando de darle
sentido al origen.
La otra noche,
mientras daba vueltas por páginas nimias en internet, terminé encontrando un
texto del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (por cierto: autor muy
recomendado) en el que cita al poeta TS Eliot:
“Hogar –dice el Premio Nobel de Literatura- es el punto de donde partimos”.
Esa frase –que
vincula el hogar con el hecho mismo de viajar- me sacudió como un derechazo
certero. Y no sólo porque sea profundamente cierta, sino sobre todo porque
llegó en un momento en que necesitaba un golpe así.
Apenas unos días
antes, el miércoles 5 de diciembre, la
muerte llegó de nuevo a mi familia. Y de nuevo, como pasó con el fallecimiento
de mi abuelo, sobre quien escribí este texto, lo que más me afectó fue la
distancia. Sentí el peso fuerte de la casa, de ese punto de partida.
Como sólo me ha
pasado unas cuantas veces desde que dejé Colombia hace más de tres años, tuve una necesidad casi incontrolable de estar de vuelta. Quería estar con los míos.
Quería estar en mi hogar.
Entonces empecé a
entender lo que luego pude poner en palabras con la frase de TS Eliot: Hogar es
EL punto de partida. Dicho de otro modo, puede haber mil destinos (y, a juzgar
por mis viajes, también mil puntos de partida), pero sólo hay un hogar. Sólo un
origen.
Y entonces me golpeó
otra pregunta: ¿Qué significa ese origen hoy, cuando lo pienso a la luz de ese
5 de diciembre? ¿Qué llevo conmigo de ese
punto de partida inicial?
Encontré una respuesta en otro libro, esta vez de un historiador que se llama Tony Judt, en
el que reflexiona sobre su infancia en un barrio de Londres y cómo éste cambió
para siempre con el paso del tiempo.
“La nostalgia –dice él, en mi traducción libre– es un segundo hogar muy satisfactorio”.
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