Reflexiones y andanzas de un periodista

La paradoja del periodismo –dice Ryszard Kapuściński– consiste en que la escritura nace del viaje y el viaje imposibilita la escritura, pues es demasiado precioso como para restarle siquiera un ápice de tiempo.

5 de marzo de 2010

La muerte a distancia

Tengo que confesar que hay un tema que, en ciertos momentos de mi vida, no me deja tranquilo. Deambula con frecuencia por mi mente y, como pasa con todo lo demás, me obliga a escribir sobre él, a sacarlo al mundo. Ya me pasó hace unos años, cuando sentí un dolor penetrante, uno de esos que quita el aliento. El resultado fue una serie de cuentos autorreferenciales, cursis y poco consistentes, que en su momento me sirvieron para exteriorizar un poco lo que sentía y para entender mi dolor como si en realidad no me perteneciera.

Ahora vuelvo a recurrir a las palabras para pensar sobre la muerte. Pero ya no es la muerte que por su cercanía deja un vacío permanente, sino la muerte mitigada –o reforzada, eso depende- por la distancia, por un océano entero.

Lejos, la muerte de un ser querido suena extraña, ajena. Suena como si fuera irreal. Como si no hubiera existido. Quien está ausente no tiene alternativa distinta a seguir su vida cotidiana mientras los suyos lidian con el drama de la muerte cercana, esa que se agudiza cuando entra simultáneamente por los ojos y por el corazón.

Quien la vive en la distancia termina casi siempre pasando la muerte por el cedazo de la imaginación. La adapta, la recrea, la censura. La acomoda a su antojo para que no duela tanto. Pero duele. Así recurre al pasado, esa invención traicionera en la que el hombre no envejece y los tiempos no cambian. Una invención que, en el caso del extranjero, es un tesoro incalculable, pues el pasado, como la muerte, muchas veces se explica como si fuera una pérdida.

La muerte, valga decirlo, es tan poderosa que obliga a cambiar el lenguaje, a reformular oraciones que parecían inmutables, a eliminar por siempre el vocativo que caracterizaba a la persona ausente. Hablar del muerto con nombre propio se vuelve un arcaísmo. Y hiere.

Pero no todo, a decir verdad, me resulta incómodo de asimilar una muerte estando lejos. Pues ella –por lo menos de donde vengo- también trae consigo una incómoda puesta en escena. A veces pareciera que el muerto se transforma en un irrelevante elemento del paisaje, mientras los familiares y amigos, vestidos con su mejor traje de gala, asisten más a un coctel que a una funeraria. Para ser honesto, no sé qué es lo que tanto me molesta de esos espacios. Tal vez que reflejan una actitud irreverente hacia la muerte. Lo que sí tengo claro es que si la analizo desde ese punto de vista, me quedo por siempre con mi duelo distante y solitario.

5 comentarios:

  1. Leer no solo sirve para distanciarnos del mundo sino para entenderlo mas.. para concentrarnos en cosas que sentimos pero que nunca nos sentamos a definir... muy chevere ver el mundo por tus ojos

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  2. Thomas, me parece que este texto es tan personal, tan íntimo, que sólo tú entiendes en el fondo a qué te refieres. No es muy claro.
    Sin embargo, la hilación de frases y las reflexiones son bellísimas.
    Ojalá podamos saber un poco más.
    Saludos,
    Isidra

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  3. Gracias, Isidra. Tienes razón: la verdad me costó mucho trabajo escribir sobre este tema, pero bueno: son los pensamientos del momento. Seguiré reflexionando sobre el tema.
    Por otro lado, ¿nos conocemos? ¿cómo llegaste al blog?
    Un abrazo.

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  4. no estoy de acuerdo con Isidra... el texto cobra un sentido pluridireccional cuando otros compartimos un dolor muy parecido en forma y, aún más, en fondo...

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  5. Llevas un buen rato sin escribir.. Colombia te absorbió! ;)

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