Lo digo con un poco de vergüenza: gracias al fútbol, que me vuelve una persona irresponsable, pude haber muerto ayer. Era poco después del medio día en Leipzig cuando bajo un sol inclemente me dirigí a uno de los lugares sagrados para los habitantes de este país, el estadio. Eran miles de alemanes, todos con camisetas de la selección, banderas gigantes y hasta trompetas, a la espera del partido que se transmitía en pantalla gigante. Eran miles de alemanes ansiosos, una horda de teutones enceguecidos por el fútbol, y yo. Sólo que yo estaba –desafiante- con la camiseta de Inglaterra.
Para los que no entienden la magnitud del evento, Alemania e Inglaterra disputan uno de los clásicos más importantes del fútbol mundial. Es un duelo que se juega, incluso, como una metáfora de la guerra, y no en vano los aficionados ingleses corean un estribillo que incluye “dos guerras mundiales y una Copa del Mundo” (ver video al final). Es un partido que, como dice el gran periodista John Carlin, “deriva su especial tensión de que ha habido una guerra real -con soldados, batallas y bombas- como antecedente”. De ahí que no siempre esté bien visto que un personaje con la camiseta blanca de Inglaterra y el escudo con los tres leones se aparezca orondo en un estadio colmado de alemanes, durante una fase decisiva de una Copa del Mundo.
Pero lo hice, y no terminó tan mal como en la Guerra. Es cierto que sufrí un poco cuando dos aficionados sentados a mi lado, uno más grande que el otro, me hicieron señas de que estarían pendientes de mi actitud durante todo el partido, o cuando los de atrás empezaron a hacerme bromas (ver foto), o cuando el niño de al lado, con su cara pintada con la bandera alemana, empezó a abuchearme, o cuando algunos me dieron palmadas en la espalda y en la cabeza cuando celebraron los goles. Yo estaba cada vez más hundido en mi silla, cada vez más cabizbajo. Sufrí hasta el punto de que cuando Inglaterra hizo su único tanto válido no me atreví a levantarme de mi puesto para celebrar y sólo atiné a elaborar un par de aplausos aparatosos. Eso fue todo. Ningún grito, ningún cántico, nada. Dos aplausos y una sonrisa tímida. Al final, por supuesto, ya los alemanes estaban en otra tónica. Unas cuantas cervezas de más, unos cuantos goles de más, una ayudita del árbitro y la justificada alegría por vencer a su rival histórico consiguieron que varios me abrazaran, me dieran el sentido pésame o simplemente lanzaran al aire algún chiste que yo preferí obviar.
Era, después de todo, lo que me merecía. No porque Inglaterra acabara de sufrir su peor goleada en los mundiales, sino porque yo me había dedicado a calentar los ánimos entre mis amigos alemanes durante toda la previa del partido. Les envié videos de una goleada inglesa de 2001, les mandé mensajes de texto amenazantes, los molesté en persona, les mostré la foto de cuando Inglaterra ganó el Mundial de 1966 a costa de Alemania. Ahora era el turno de ellos, y ellos tenían una revancha válida.
He de admitir que Alemania no me disgusta. Después de Inglaterra es, naturalmente, mi equipo preferido. Crecí con Alemania como referente y ahora tengo el orgullo de vivir en ese país. Pero la sangre cuenta y el fútbol es, en últimas, también un tema de nacionalismo. Por eso ayer no había otra decisión posible que salir vestido como un verdadero inglés. Y por eso hoy no queda sino la tristeza, unas cuantas bromas que debo tragarme en silencio, y también –cómo no- una deuda de media docena de cervezas que aposté cuando todavía creía que Inglaterra podía hacerme sentir orgulloso.
Nota: Si quieren ver cómo me sentí, les recomiendo este comercial que salió en Sudáfrica previo al partido. Más claro, imposible:
Thomy, no le encuentra algo de parecido a la última vez que estuvimos en el Campín? Si le soy sincero, aunque estuvimos del lado de Millos, el ambiente ese día estuvo como nunca lo había vivido... no me gustó para nada. Muy pesado... claro que ayer ud. era uno en un millón jeje...
ResponderEliminarEspero que no vaya a hacer lo mismo acá en Bogotá, y en un clásico le de por meterse a comandos con una camiseta de Santafe jeje.
un abrazo
Beto
Jajaja Tommy... como que te quedo gustando eso del periodismo de conflicto no?? Bastante arriesgado!!
ResponderEliminarBeto, gracias. Ayer no estaba pesado en el sentido de El Campín. Uno acá puede celebrar tranquilo, uno puede estar en la calle sin problema con la camisa de Inglaterra. Pero no deja de ser extraño que uno sea el único, no deja de ser pesado que en un partido como ese, uno sea el único con la camiseta diferente...
ResponderEliminarJajaja, Natis, eso técnicamente no es periodismo de conflicto, pero entiendo a lo que te refieres. Obviamente no es tan grave como lo pinto en el blog, y definitivamente uno puede ir por ahí con la camiseta de Inglaterra, pero igual no deja de ser uno la excepción a la regla...
ResponderEliminarBeto, se me olvidó decirle que no lo hice con Millos, pero sí con Nacional alguna vez. Era un primero de mayo y estaba con López y con Mora, creo, y sólo encontramos puesto cerca de Los del Sur. Me tocó ver todo el partido con una chaqueta negra que tapara mi camiseta roja de Santa Fe...
ResponderEliminarBueno, yo como testigo presencial quiero decir que la integridad física del Sr. Saprrow no corrió peligro en ningún momento. Los más peligroso que había era un nene con una pistola de agua.
ResponderEliminarPero, Thomas, he de reconocer que debe ser duro ser hincha de uno de los equipos más odidados del planeta. Ya sea por guerras, colonialismo, etc, creo que en la gran mayoría del mundo Inglaterra será siempre visitante.
Saludos!
Gracias, Juan, por tu comentario. Yo sé, es sólo un recurso hablar de esa manera un poco "exagerada". Si yo hubiera sabido que corría peligro, no me habría puesto la camiseta más hermosa del mundo...
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