A veces siento como si viajar por el mundo, saltar de un país desconocido a otro, representara un acontecimiento natural para algunas personas, un rasgo esencial de su identidad, algo así como si no pertenecieran a ningún lugar porque se sienten cómodas en todos. Y parece, además, una aventura fácil. Leo a Paul Theroux, a Bill Bryson o a otros viajeros como Ryszard Kapuściński y no importan los problemas que tengan durante sus travesías, sus experiencias siempre me parecen fantásticas. Es la magia del relato de viaje: narrados en pasado, un ataque de malaria, una pelea a muerte con una serpiente, una travesía por el Sahara o incluso “la enfermedad de la soledad” –interesante recurso del reportero polaco- pierden todo peligro real para quien está sentado cómodamente en un sillón. Parecen extraños y distantes. Ya lo decía Theroux: “el viaje es glamuroso sólo en retrospectiva”.
El problema surge precisamente cuando uno deja de ser ese lector que se alimenta de las vivencias de otros y se convierte en viajero. Ahí la serpiente se vuelve real y venenosa. Ahí uno piensa en la malaria y siente la soledad. Ahí el Sahara se vuelve inmenso, inmanejable. Y esa dificultad aumenta cuando uno, además de viajar, quiere contar lo que está sintiendo. ¿Cómo les explico que tengo miedo de lo desconocido? ¿O que a veces ese miedo se transforma en un deseo incontrolable de aventura, y que me creo capaz de todo? ¿Cómo puedo poner en palabras sensatas todas las sensaciones que se disparan en mi cabeza? ¿Cómo derrumbo esa idea perfecta del viaje para explicar todos los vericuetos que hay detrás?
En las últimas semanas, esos han sido, palabras más, palabras menos, los sentimientos que he tenido que empezar a descifrar. Tal vez por eso –porque tenía la mente ocupada- no había vuelto a escribir. Porque por más que Kapuściński explique que “viajar significa atención, paciencia para informarme, deseo de saber, de ver, de comprender y de acumular todo el conocimiento”, el viaje también es el temor previo, la ansiedad, la nostalgia, el deseo de aventura, la emoción, los sueños. Todo al tiempo. Y también es mundano: las maletas, el trasteo, los adioses, el tren…
Pienso en todo eso ahora, cuando faltan pocas semanas para que comience la segunda parte de mi aventura europea. Ya viene Polonia, ese país desconocido, invisible en Colombia. Ese lugar que quiero descubrir y describir, no sólo para mí sino también para ustedes. Para todos los que me leen cómodamente desde ese sillón donde las aventuras suenan extrañas y distantes.
Brindo porque queden muchos más kilómetros de desierto y hordas de serpientes, mosquitos y soledad por venir!
ResponderEliminar¡Brindo por lo mismo, Juan!
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