Reflexiones y andanzas de un periodista

La paradoja del periodismo –dice Ryszard Kapuściński– consiste en que la escritura nace del viaje y el viaje imposibilita la escritura, pues es demasiado precioso como para restarle siquiera un ápice de tiempo.

16 de marzo de 2010

Una mirada a Estambul

No sé si fue por un vuelo inhumano a las 2 de la mañana, por haber recibido un fuerte golpe en la cabeza a la llegada al aeropuerto Sabiha Gökçen o por la cercanía de mi pronto regreso a Colombia, pero desde que salí a la calle en Estambul, hace algunas semanas, tuve una extraña sensación. Sentí como si en vez de haber aterrizado en esa imponente ciudad turca, el avión me dejó en Bogotá, en cualquier esquina de Suba o de la Avenida Décima.

Suena raro –lo sé- pero así me sentí. Me monté a un bus articulado no muy diferente a los Transmilenios de la capital colombiana –aunque de color verde—y empezaron a aparecer las señales típicas que muchos bogotanos asocian directamente con su ciudad: huecos en las calles por doquier, los andenes desportillados y agrietados, taxis Hyundai como los que pululan por Bogotá (hasta con los muñequitos que cuelgan del espejo retrovisor), decenas de carros viejos tipo Renault 9 que deberían haber sido chatarrizados hace décadas, estaciones de gasolina en las que el empleado tiene su uniforme sucio y engrasado, tiendas típicas de barrio (incluso con el carrito de los helados en la entrada y el aviso del negocio patrocinado por Coca Cola), casas improvisadas que podrían ser las de Ciudad Bolívar, construcciones y desvíos por doquier y, sobre todo, un desorden y un ruido que no había sentido desde que dejé Colombia en septiembre pasado (bueno: he de admitir que estaba en Alemania, que es la antítesis de todo lo anterior).

Lo curioso es que a medida que continuaba el viaje no sólo uno de mis compañeros –colombiano también- se convencía de lo mismo, sino que los dos encontrábamos más y más indicios. Era cierto: habíamos llegado a Bogotá. Lo pude comprobar cuando a la salida de algunos sitios turísticos encontré vendedores ambulantes de mazorcas y emboladores con su típica cajita llena de betún. Lo encontré también cuando me di cuenta de que algunos jóvenes se ganaban unos pesos (perdón: unas liras) limpiando los parabrisas de los carros en los semáforos, o que otros recorrían la ciudad como recicladores.

Lo vi también en los mercados de variedades, una atracción en Estambul pero que bien podrían ser en San Andresito o San Victorino. Hay de todo en venta: desde groseras réplicas de zapatos marca Nixe o Adjdaas hasta camisas y sacos de marca que cada vendedor defiende hasta la muerte como “originales” (o, como honestamente me dijo uno, como “copias originales turcas”). En esos mercados, los dueños de los locales se agolpan en las entradas para competir, a punta de gritos, para ver quién logra atraer más clientes. Y una vez atrapan a un incauto, no lo sueltan hasta que sale con una bolsa en la mano. Por experiencia propia lo sé: la negociación del precio, como en Colombia, es un suplicio que puede durar horas enteras.

Juzguen ustedes mismos con estas fotos:


Pero sería injusto sólo describir a Estambul a partir de su comparación con Bogotá. Por un lado hablar en términos iguales de la ciudad más poblada de Turquía y de la capital de Colombia es un recurso personal y completamente subjetivo, basado en mi ignorancia del mundo. Con toda certeza, los fenómenos de los que hablo no sólo se presentan en estas dos ciudades, y prueba de ello es que cuando mis amigos chinos vieron las fotos, no dudaron un instante en contarme que lo mismo sucede en el gigante asiático. También he leído que algunas de esas características se observan en Polonia, el país en el que viviré a partir de octubre.

Pero por otro lado no me parece justo poner a Estambul, que fue capital de los imperios bizantino y otomano, al nivel de Bogotá. Los minaretes que se empinan en cada esquina, el estruendoso llamado a oración, los palacios imperiales y los bellos harenes, la melancolía por ese pasado glorioso (descrita de manera preciosa por Pamuk), la mezcla tan evidente de culturas y sobre todo la majestuosa presencia del Bósforo, con sus puentes y los barcos que cruzan a diario por sus aguas, son imágenes que hacen de Estambul una ciudad que a mí todavía me tiene encantado.

Eso lo supe también desde el principio, desde que empecé a recorrer sus calles en ese bus verde tipo Transmilenio. Mientras veía el desorden generalizado y trataba de acostumbrarme al ruido, se me vino a la mente una entrevista que le hice hace algún tiempo a June Carolyn Erlick, una profesora de Harvard que escribió una especie de oda a la capital colombiana. En nuestra conversación ella intentó explicarme una y otra vez cómo se había enamorado de la ciudad de la misma manera como uno se enamora de una persona. Yo no le creí mucho. Hasta ahora. Ese es el poder que tiene Estambul.

Coda 1

Para quienes todavía no saben la historia de mi golpe en la cabeza, que me convirtió en el hazmerreír de Leipzig y para quienes están interesados en otro ángulo de nuestro viaje a Estambul, les recomiendo el blog Trotamundos Blog, de mi amigo argentino Juan Staricco. Échenle una mirada con frecuencia, que él está llevando una cuenta organizada de todos nuestros viajes.

Coda 2

Para los que están interesados en Estambul, pero también en cómo una ciudad tiene el poder de marcar las historias personales, no puedo sino recomendarles la autobiografía de Orhan Pamuk “Istanbul: Memories and the City”. Hace rato no me pasaba que leía y releía un texto, como si me quedara difícil desprenderme de él. Fabuloso.

http://lajunglapolaca.blogspot.com

5 comentarios:

  1. Thomas,
    Me gusta mucho la analogía con Bogotá. Sobre todo porque parte del hecho de que seguramente muchos de tus lectores no hemos ido a Estambul y uno de los pocos puntos de referencia que tenemos es esta capital Colombiana tan amada, tan doliente, tan bizarra.
    Cuando dejas a un lado tu comparación, me gusta que traigas a colación elementos históricos y a autores que tienen que ver con lo que hablas. Se nota que eres un hombre muy culto. En esta parte, sólo sugeriría desarrollar más esas ideas.
    Ojalá no te hayas pegado muy duro en la cabeza, pobrecito :S Y cómo es la dirección del blog de tu amigo?
    Un abrazotote.

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  2. Ok, lo encontré: http://trotamundosblog.blogspot.com/
    jeje ;)

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  3. Hola, Isidra. Gracias de nuevo por comentar. Tengo que reiterar una pregunta que he hecho ya en varias ocasiones: ¿quién eres? ¿de dónde me conoces a mí o cómo llegaste a mi blog? Te pido que por favor me cuentes.

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  4. Thomas,
    Muy interesante la nota, es curioso como las experiencias vividas son como unas gafas por las que vemos el mundo. Nunca había oído la analogía de Bogota con Istambul. Pero cuando yo viajo hago lo mismo.. siempre comparo todo con Colombia. Porque sera?
    Ps: A que sabe una mazorca en Turquía?

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  5. Jeje, Thomas, nos conocemos. Si has visto mi blog sabrás por qué prefiero mantener el anonimato.
    Un abrazo y sigue esccribiendo que yo, encantada, te seguiré leyendo.

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