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| Dice algo así como "la aterradora fuerza del ataque" |
Nunca, hasta ahora.
La culpable es, como se imaginarán, la selección Colombia, que acaba de tener su mejor rendimiento histórico en un Mundial. Jugando un fútbol casi impecable, con una de las estrellas del torneo, con goles hermosos y un rendimiento sorprendente, el equipo consiguió que brotaran sentimientos que, les confieso, no recuerdo haber tenido.
Hasta este Mundial, yo había sido más bien duro con mi país. Como he tenido que soportar las preguntas negativas se repiten una y otra vez cuando explico de dónde vengo, como he abierto los periódicos internacionales para leer historias de masacres, de muertos y desaparecidos, como cargo un pasaporte que inmediatamente genera sospechas, nunca había sentido mayores razones para enorgullecerme de mi país.
En muchas ocasiones, incluso, he matizado mi origen llenándolo de "peros": sí, soy colombiano, pero también soy inglés. Sí, crecí en Colombia, pero terminé estudiando en Europa. Ha sido una reacción natural al hecho de que soy en esencia una mezcla, pero también se debe a que nunca había sentido el entusiasmo de otros para defender su país ante todo. Yo nunca me creí eso de que "Colombia es pasión".
Pero el Mundial me cambió y la razón radica en que lo viví de viaje, en lugares donde antes, quizás, bastaba decir Colombia para que muchos se imaginaran una guerra, recordaran a Pablo Escobar o mostraran un desconocimiento profundo del país. No los culpo: es la imagen que nos hemos ganado.
Esta vez, sin embargo, cada vez que abrí un periódico en polaco, en griego, en alemán, en danés o en sueco estaba la imagen de un jugador colombiano y una descripción positiva. Cada vez que decía que venía de Colombia -ya sin "peros", sin matices- la primera reacción era futbolística: ¡Qué buen Mundial está haciendo Colombia o qué grande es James Rodríguez! Cada vez que abría mi Facebook o mi Twitter, todo lo que veía eran comentarios positivos sobre mi país.
Entender a Colombia bajo esa luz y sentir a un país unido por su fútbol, esperanzado en vez de pesimista, alegre en vez de abatido, logró que me emocionara casi hasta las lágrimas cuando sonaba el himno o cuando los jugadores hacían un gol o ganaban un partido. Ya el Mundial es historia, pero me dejó un legado: ¡Qué orgulloso me sentí este mes de ser colombiano!

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