Reflexiones y andanzas de un periodista

La paradoja del periodismo –dice Ryszard Kapuściński– consiste en que la escritura nace del viaje y el viaje imposibilita la escritura, pues es demasiado precioso como para restarle siquiera un ápice de tiempo.

1 de agosto de 2012

Días de nostalgia


En este blog les he contado una tras otra mis mayores aventuras (y desventuras) desde que dejé Colombia, atiborrado de maletas y lleno de nervios. Vivieron conmigo la deportación de Macedonia, el interrogatorio policial en Viena, la visita inesperada a un hospital turco, mi viaje por el norte de Azerbaiyán, mis constantes problemas automovilísticos en Miami.  

Y últimamente han vivido también –tal vez sin querer, tal vez sin estar- la otra faceta de mi viaje: el silencio. Hace meses no escribo y es, en parte, porque mi cabeza ha estado creando otro tipo de palabras. Pero también es porque el viaje, que yo creía un sinfín de emociones, empezó a volverse rutina. Mis ojos, sin que yo lo notara, se acostumbraron a lo nuevo y yo dejé de maravillarme (o quizás acá tampoco hay mucho de qué maravillarse).


Pero el silencio se debe también a que otro sentimiento –uno que para mí era casi desconocido- se ha apoderado últimamente de mis ideas y mis pensamientos. Es la nostalgia. Y no logro todavía descifrarla.

Antes, en Europa, mis historias eran mis aventuras. Si viajaba a Bosnia, mi mente estaba en Bosnia y yo escribía sobre Bosnia. Si quería escribir sobre el invierno polaco, lo podía experimentar de primera mano. ¿Pero cómo escribo ahora, desde Miami, sobre mi añoranza intangible de lo que está al otro lado del mar?

Esa añoranza ha crecido con el paso del tiempo, en gran medida porque acá –a diferencia de todos los otros lugares en que he vivido- no he logrado pisar en firme. No he logrado que esta ciudad me pertenezca. No he conseguido que mis vivencias sean más poderosas que mi pasado o mis sueños.

No dejo de pensar un segundo en lo feliz que fui en Europa, en todo lo que hice y me faltó por hacer. No dejo de soñar con el momento en que pueda estar de vuelta y radicarme finalmente allá (ojalá haciendo lo que hago actualmente). Y no dejo de preocuparme porque no sé cuándo va a pasar.

Al mismo tiempo, no dejo de pensar en Colombia y cómo me he perdido tantos momentos imperdibles, tantas instancias felices o dolorosas: mis amigos de toda la vida se están casando y han tenido hijos; uno de mis tíos más cercanos batalla contra un cáncer y yo no he estado ahí para apoyarlo; mi abuela, con cada día que pasa, se olvida más de mí; me perdí los últimos meses de mi abuelo; mi equipo de fútbol, ese que apoyé en directo todos los domingos durante 25 años, quedó campeón. Campeón después de 36 años y seis meses.

Y yo estoy lejos.

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