En este blog les he
contado una tras otra mis mayores aventuras (y desventuras) desde que dejé
Colombia, atiborrado de maletas y lleno de nervios. Vivieron conmigo la
deportación de Macedonia, el interrogatorio policial en Viena, la visita
inesperada a un hospital turco, mi viaje por el norte de Azerbaiyán, mis
constantes problemas automovilísticos en Miami.
Y últimamente han
vivido también –tal vez sin querer, tal vez sin estar- la otra faceta de mi
viaje: el silencio. Hace meses no escribo y es, en parte, porque mi cabeza ha
estado creando otro tipo de palabras. Pero también es porque el viaje, que yo
creía un sinfín de emociones, empezó a volverse rutina. Mis ojos, sin que yo lo
notara, se acostumbraron a lo nuevo y yo dejé de maravillarme (o quizás acá
tampoco hay mucho de qué maravillarse).
Pero el silencio se
debe también a que otro sentimiento –uno que para mí era casi desconocido- se
ha apoderado últimamente de mis ideas y mis pensamientos. Es la nostalgia. Y no
logro todavía descifrarla.
Antes, en Europa,
mis historias eran mis aventuras. Si viajaba a Bosnia, mi mente estaba en Bosnia
y yo escribía sobre Bosnia. Si quería escribir sobre el invierno polaco, lo
podía experimentar de primera mano. ¿Pero cómo escribo ahora, desde Miami,
sobre mi añoranza intangible de lo que está al otro lado del mar?
Esa añoranza ha
crecido con el paso del tiempo, en gran medida porque acá –a diferencia de
todos los otros lugares en que he vivido- no he logrado pisar en firme. No he
logrado que esta ciudad me pertenezca. No he conseguido que mis vivencias sean más poderosas que mi pasado o mis sueños.
No dejo de pensar un
segundo en lo feliz que fui en Europa, en todo lo que hice y me faltó por
hacer. No dejo de soñar con el momento en que pueda estar de vuelta y radicarme
finalmente allá (ojalá haciendo lo que hago actualmente). Y no dejo de preocuparme porque no sé cuándo va a pasar.
Al mismo tiempo, no
dejo de pensar en Colombia y cómo me he perdido tantos momentos imperdibles,
tantas instancias felices o dolorosas: mis amigos de toda la vida se están casando y han tenido hijos; uno de mis tíos más cercanos batalla contra un cáncer y yo
no he estado ahí para apoyarlo; mi abuela, con cada día que pasa, se olvida más
de mí; me perdí los últimos meses de mi abuelo; mi equipo de fútbol, ese que apoyé en directo todos los domingos durante
25 años, quedó campeón. Campeón después de 36 años y seis meses.
Y yo estoy lejos.
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