Reflexiones y andanzas de un periodista

La paradoja del periodismo –dice Ryszard Kapuściński– consiste en que la escritura nace del viaje y el viaje imposibilita la escritura, pues es demasiado precioso como para restarle siquiera un ápice de tiempo.

21 de septiembre de 2012

Una pequeña gran capital


No parece tan grande como la pintan

Washington debe ser la ciudad más nombrada del mundo. En series, en cualquier cantidad de películas, en cada noticiero, en los diarios y en libros de política, Washington siempre aparece. Washington: una ciudad imponente, un centro de poder, la capital de un país que lleva décadas marcando la pauta.

Tal vez por eso, por esa ubicuidad, Washington nunca llamó mucho mi atención. No era desinterés. Mucho menos rechazo. Más bien se trataba de una especie de costumbre: como Washington siempre estaba ahí, como todos los días se pronunciaba su nombre, yo nunca sentí mayor necesidad de ir más allá. Ya me conocen: a mí me interesa más lo desconocido, lo lejano: mejor Armenia, en el Cáucaso, que Armenia, en Colombia.



Mi relación con Washington era, para ponerla en otras palabras, como cuando uno hace un viaje en bus o en carro tantas veces que los rasgos excepcionales o hermosos de ese trayecto – esos que un turista sí nota cuando lo realiza– se diluyen en la rutina. Es tan conocido el paisaje que resulta monótono.

El problema es que yo nunca había hecho ese viaje. Yo no conocía Washington. Creía conocer Washington. Y es una gran diferencia.

Así que, como ese turista del ejemplo, yo decidí viajar a Washington para encontrar lo excepcional en lo rutinario, lo concreto en medio de tantas interpretaciones. Y como ese turista del ejemplo, salí más que sorprendido.

Washington puede ser esa ciudad imponente de mármol, un lugar orgulloso de lo que representa: “la capital de la nación”. En el avión, en el hotel, en las calles, en los monumentos,  en los museos, en el transporte público, en su gente, siempre está el recordatorio: Se trata de “la capital de la nación”.

Pero hay muchas más cosas que escapan a esa imagen tradicional, tan conocida por ser la que repiten los diarios, los libros, las películas, las series, la televisión.

Por ser tan poderosa, Washington da la impresión de ser también portentosa. Pero es un lugar apacible, manejable, verde, limpio. Ni siquiera la Casa Blanca me pareció tan grande como en las películas.

Washington me dio casi la impresión, sobre todo lejos del mármol y las zonas donde están las altas esferas del poder, de ser una pequeña gran ciudad. A veces, cuando caminaba por zonas menos concurridas, sentía como si Washington fuera una mujer multimillonaria que no se viste de piel de leopardo ni luce joyas ostentosas –a pesar de tenerlas en el armario– sino prefiere un traje negro de sastre. Es poderosa, pero prefiere ser elegante.

Eso fue lo que más me interesó de esta ciudad: esa mezcla entre su poder innegable y el hecho de que en algunas zonas casi desprecia esa autoridad.

Es como si quisiera ser normal aunque, en últimas, ella sabe que no lo es. Y eso es algo que no muestran ni los medios ni las películas.

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