| No parece tan grande como la pintan |
Washington debe ser
la ciudad más nombrada del mundo. En series, en cualquier cantidad de
películas, en cada noticiero, en los diarios y en libros de política,
Washington siempre aparece. Washington: una ciudad imponente, un centro de
poder, la capital de un país que lleva décadas marcando la pauta.
Tal vez por eso, por
esa ubicuidad, Washington nunca llamó mucho mi atención. No era desinterés.
Mucho menos rechazo. Más bien se trataba de una especie de costumbre: como
Washington siempre estaba ahí, como todos los días se pronunciaba su nombre, yo
nunca sentí mayor necesidad de ir más allá. Ya me conocen: a mí me interesa más
lo desconocido, lo lejano: mejor Armenia, en el Cáucaso, que Armenia, en
Colombia.
Mi relación con
Washington era, para ponerla en otras palabras, como cuando uno hace un viaje
en bus o en carro tantas veces que los rasgos excepcionales o hermosos de ese
trayecto – esos que un turista sí nota cuando lo realiza– se diluyen en la
rutina. Es tan conocido el paisaje que resulta monótono.
El problema es que
yo nunca había hecho ese viaje. Yo no conocía Washington.
Creía conocer Washington. Y es una gran diferencia.
Así que, como ese
turista del ejemplo, yo decidí viajar a Washington para encontrar lo
excepcional en lo rutinario, lo concreto en medio de tantas interpretaciones. Y
como ese turista del ejemplo, salí más que sorprendido.
Washington puede ser
esa ciudad imponente de mármol, un lugar orgulloso de lo que representa: “la
capital de la nación”. En el avión, en el hotel, en las calles, en los
monumentos, en los museos, en el
transporte público, en su gente, siempre está el recordatorio: Se trata de “la
capital de la nación”.
Pero hay muchas más
cosas que escapan a esa imagen tradicional, tan conocida por ser la que repiten
los diarios, los libros, las películas, las series, la televisión.
Por ser tan
poderosa, Washington da la impresión de ser también portentosa. Pero es un lugar
apacible, manejable, verde, limpio. Ni siquiera la Casa Blanca me pareció tan
grande como en las películas.
Washington me dio casi la impresión, sobre todo lejos del mármol y las zonas donde están las altas esferas del poder, de ser una pequeña gran ciudad. A veces, cuando caminaba por zonas menos concurridas, sentía como si Washington fuera una mujer multimillonaria que no se viste de piel de leopardo ni luce joyas ostentosas –a pesar de tenerlas en el armario– sino prefiere un traje negro de sastre. Es poderosa, pero prefiere ser elegante.
Eso fue lo que más
me interesó de esta ciudad: esa mezcla entre su poder innegable y el hecho de
que en algunas zonas casi desprecia esa autoridad.
Es como si quisiera
ser normal aunque, en últimas, ella sabe que no lo es. Y eso es algo que no muestran ni
los medios ni las películas.
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