Comienzo con una disculpa: Sé que llevo casi dos meses sin escribir una línea en este blog, y la única explicación que tengo para los pocos pero valientes lectores de esta página (y, entre ellos, para los dos o tres que han pedido mi regreso a la escritura) es que he estado viajando sin cesar. De avión en avión, de tren en tren, de bus en bus, han sido pocos los momentos que he tenido para sentarme en un computador y dejarles un mensaje. En estas circunstancias, créanme, hasta el más avezado escritor de viajes tendría un motivo para ausentarse por unas semanas de las letras. Pero acá estoy de nuevo, y eso que sólo soy un principiante en estas lides.
| Con vista al Parlamento |
Esta particularidad del cuarto con su ducha es, a la vez, un pequeño ejemplo de lo que para mí ha sido Bucarest. No es la ciudad más hermosa en la que he estado y a decir verdad no son muchas las atracciones turísticas. Pero sí es una ciudad con personalidad, es una ciudad –para seguir utilizando el mismo adjetivo- particular. Particular por su imponente Parlamento, algo que no he visto en ninguna otra ciudad del mundo. Particular por la mezcla de un destartalado sistema de tranvías con unos trenes modernos en el metro subterráneo, y particular por sus amplios bulevares llenos de fuentes pomposas al lado de edificios elegantes pero descuidados. Mi papá describió Bucarest como una ciudad en “genteel decay”, un término que traduciría libremente como una decadencia refinada, y esa es una imagen que no pensaba tener en esta capital, especialmente después de que varios conocidos me advirtieron que se trataba de una de las más feas y sucias de Europa. Lamento decepcionarlos. No sólo Bucarest me ha parecido interesante, sino que Rumania (y sobre todo los pueblos coloridos en Transilvania) ha sido una de las gratas sorpresas de este último año de viajes por Europa.
Bucarest tiene también un simbolismo personal: es la última escala de un viaje que he estado planeando con mi padre desde el comienzo de 2010, y a la vez marca el final de mi primer año en Europa. Mañana comienza el último regreso a Leipzig y una vez allá me quedan sólo un par de días para empacar toda mi vida reciente y embarcarme hacia Polonia, mi nuevo hogar por los próximos meses.
Así que antes de partir, y como comencé este escrito con una disculpa, terminaré también con otra: Pido perdón porque ya han tenido que leer suficiente sobre todos los prolegómenos de mi viaje a Wroclaw. Creé este blog para acercarlos a mi vida polaca y ustedes han sido pacientes para leer todo –mis sustos, mis viajes, mis expectativas-, pero no ha habido nada concreto sobre Polonia. Después de todo, hasta ahora no ha habido vida polaca como tal. Pues llegó el momento de escribir sobre lo que tanto he esperado. ¡Bienvenidos conmigo a Polonia!
Bueno, el hotel, la verdad, suena al Lili hostel, tranquilamente... qué nivel!
ResponderEliminarEspero que pongás fotos en el feisbuc pronto.
Y sobre las disculpas... la verdad! Se supone que recién ahora empezarías a publicar, pero no te aguantaste (por suerte). Muy lindo el blog y felicidades por el primer ciclo terminado. Éxitossss para el que ahora comienza.
Justo hoy me preguntaba por qué no habías vuelto a escribir. Sabes que en Internet el compromiso con la instantaneidad y la constante actualización es una espada que pende sobre las cabezas de los avezados que se animan a entrar en el mundo de los blogs. Me alegra que estés de regreso y también que hayas viajado como lo has hecho. Seguiré leyéndote. ¡¡¡A disfrutar de la Jungla Polaca!!!
ResponderEliminarHehe, disculpas aceptadas. Pero no lo vuelvas a hacer. Yo te leo siempre, a veces a destiempos, a veces sin comentarios.
ResponderEliminarUn abrazo